lunes, marzo 08, 2010

El nombre de Dios

La primera lectura del domingo pasado nos narraba el episodio de la zarza ardiente, el encuentro de Moisés con Dios. Más allá de los elementos simbólicos que tejen esta “teofanía” (manifestación divina) que son por demás bellos e interesantes, quiero reflexionar sobre el nombre de este Dios misterioso.

Moisés le pregunta por su nombre; el nombre es símbolo de la identidad, es como si Moisés le dijera no tanto como te llamas, si no ¿qué te hace diferente a los demás dioses, a los dioses del poderoso Egipto? ¿Cuál es tu identidad? Este ser divino desconocido da dos respuestas, en una dice: “Yo soy”.

Sin embargo, al final de la lectura, cuando Dios repite su nombre y da instrucciones a Moisés, leemos algo distinto: “El Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre y así será invocado en todos los tiempos futuros.”

Así, pues, el nombre de Dios no es “Yo soy”, sino “El Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” y esto me encanta, pues nos revela más de Dios que aquel “Yo soy” del principio.

Porque ¿quién es Abraham? Es el símbolo de aquellos que no logramos hacer realidad nuestros sueños, de aquellos que nos sentimos fracasados o frustrados; es símbolo de quienes “no podemos” con la carga, con la vida, con el paquete. Símbolo de quienes vemos que nuestra vida pasa y se ve acabando, y nomás nada.

¿Isaac? Símbolo de aquellos que, en manos de un poder más grande, son dispuestos al sacrificio. Me recuerda a los obreros, a las mujeres que trabajan en la maquila, a los indígenas… todos quienes pueden ser sacrificados en nombre de ideales altos, de dinero o de ciertas creencias.

Y Jacobo, por último, es símbolo de los que son engañados, estafados. Aquellos que trabajan duro por alcanzar sus ideales y se tienen que conformar con lo que la vida les permite tener. Como dijo una joven del bachillerato: “tu puedes tener muchos sueños y planes, pero la vida es dura y no siempre te deja cumplirlos”.

La identidad de este Dios es distinta. No se junta con los buenos, con los que no hacen nada indebido o “inmoral” (recordemos que Abraham presentó a Sara como si fuera su hermana cuando era su esposa y Jacob engañó a su padre haciéndose pasar por su hermano, además de que tuvo más de una esposa) Este Dios se junta con las víctimas, con los mal vistos, con los que andan agobiados por la carga de la vida y no haya que hacer.

Pensando en este momento de mi vida, en lo que estoy viviendo, que Dios sea así me da mucha esperanza, porque yo, como los antiguos patriarcas, también miento, engaño, juego chueco, me quejo, trabajo duro, pero no alcanzo mis sueños y a veces me siento cansado de seguir.

Y este nombre es aquel con el que Dios quiere ser invocado para siempre.


J. Álvaro Olvera I.

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